1.2.- ¿Pero como vivían en Ibarrekolanda?

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La vida estaba ligada a Deusto y a la tierra, porque como hemos comentado anteriormente Ibarrekolanda era un barrio eminentemente agrícola, pero no podemos olvidar el ocio que proporcionaban sus txakolis a deustoarras y foráneos.

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Elías y José Beaskoetxea arando, al fondo las casas de Enekuri y el caserío Araneko.

La vida del caserío era dura: en la mayoría de ellos, un par de vacas para arar y para luego vender la leche en Deusto y en La Ribera; conejos y pollos, principalmente para casa y alguno que otro para vender el día de feria (Santo Tomas…), y, sobre todo, muchas horas dedicadas a la huerta para que sus frutos revirtieran en casa y en el mercado de La Ribera, más tarde en el del Ensanche, y al final (en las décadas de los 70, 80, y 90) en el mercado del barrio.

La vega era rica, los aldeanos laboriosos y la colaboración entre ellos era buena. Los trabajos duros se compartían y a veces hasta los bueyes; entre dos vecinos compraban una pareja de bueyes, normalmente no muy lustrosos, y en 5 ó 6 meses que duraban en casa, con el poco trabajo que exigía la vega para un par de bueyes y la buena alimentación con hierba y con los restos de la huerta, se ponían de buen ver, lustrosos, y así los revendían sacando algún dinero.

Las frutas eran abundantes, fundamentalmente las peras. Había de muchas variedades y de gran calidad. También se daban melocotones, manzanas,… pero de menor calidad. La uva dependía de los años, se recogía en el mes de octubre y se llevaba al lagar de Rondoko, por ser la única prensa de la zona. Dependiendo de la cosecha de txakoli, parte se vendía a los txakolis de alrededor, Arbolagaña…, pero había años que estos tenían que traerlo de fuera, de Begoña, etc.

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Justo Menchaca con sus vacas en el barrio, alrededor de 1975.

La huerta era rica en todo, pero había productos que se rentabilizaban mejor. Por eso bastantes mujeres del barrio iban a los mercados con su «Vendeja», principalmente con tomates, puerros, berzas, pimientos, zanahorias…, ya limpia y metida en serones Algunas esperaban en el apeadero de Ibarrekolanda al tren de las 6:00 de la mañana, «el carguero», para ir al mercado de La Ribera, mientras otras, mediante la camioneta del «carretero» o del «navarro», que hacían su recorrido por los caseríos de Tellaetxe e Ibarrekolanda, acercaban sus productos al mercado (también al mercado del Ensanche). A la llegada del tren o de la camioneta estaban esperando «los cargueros», porteadores que reconocían los serones de cada aldeana mediante una letra o marca escrita en ellos y los subían hasta el puesto que las aldeanas tenían en el mercado. Otros productos menos perecederos y de más peso, patatas, maíz, (en talo, pan de borona o morokil y alubias, eran para casa.

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Carmen Sertutxa

Hasta 1929, en que se edificó el mercado de La Ribera actual, las mujeres lo vendían en los tinglados que se montaban en la «Plaza Vieja», junto a la iglesia de San Antón; posteriormente en 1945, tras la construcción del mercado del Ensanche, se aumentó la demanda. Las aldeanas se colocaban, en la calle a la entrada del mercado, porque este estaba reservado para las carnicerías, pescaderías,… Este mercadeo posibilitaba las compras necesarias para la casa, aunque las necesidades también eran satisfechas en las tiendas de La Ribera, Luzarra y también en «la Cooperativa» (Sociedad Cooperativa de Consumo de Deusto) que se fundó en la calle Ramón y Cajal.

Las mujeres también trabajaban en el servicio doméstico, y en las fábricas de la zona, destacando la fábrica de galletas Artiach. El cancionero popular nos da una clara referencia a estas trabajadoras.

«Qué bonito ser de Deusto y vivir en la Ribera
para ver pasar los barcos y también las galleteras»

Algunos hombres trabajaban exclusivamente la tierra, y otros lo compaginaban con el trabajo en las fábricas, en La Ribera de Deusto, Zorrozaurre, Erandio y en Barakaldo, las zonas industriales que necesitaban mano de obra. La Ribera estaba más cerca que Elorrieta, pues el canal no existía. La fabrica de oxígeno, la de acetileno, la de ácido carbónico, la fábrica de Lantero y la compañía Euskalduna eran el motor industrial de Deusto, y por tanto, con beneficio para los vecinos de Ibarrekolanda. Pero no debemos olvidar otras zonas, como Erandio, a 20 minutos andando y Baracaldo, algo más lejos, aunque hubiera que coger el bote para pasar la ría que, por cierto, en aquellos años eran botes de remos, porque hasta mediados de siglo no empezaron los gasolinos (los de motor).

En el mismo Ibarrekolanda ya encontramos a finales del siglo XIX los viveros de Cortadi que trabajaban la planta y la floristería frente al caserío Mazo. En 1930 se instaló en el caserío Castañedu la fábrica de baldosas y pavimentos de la constructora Ganboa y Domingo. Posteriormente, hacia 1950, y junto a ésta, se fabricaron lavadoras, (de mármol, con un motor que movía la hélice de lavado). También, y en plan más familiar, están los viveros; por un lado en el caserío Erdikoetxe, de la familia Rementeria, tuvieron hasta 20 semilleros de 20 m de lo

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Erdikoetxe y sus semilleros.

ngitud con tapas de cristal. La simiente la traían de Francia por ser más fiable y de mejor calidad y vendían la planta a los caseríos de Deusto, Asua, Erandio,…; y por otro lado, el caserío Estartako o Monotxu, como lo llama Juanita, la familia Marcaida también se dedicaba a la simiente. Aparte de los semilleros que no necesitaban estar tapados (berzas, lechugas, …), tenían no menos de 100 m de longitud de semilleros tapados para el pimiento y tomate.

Los txakolis eran merenderos. La gente se acercaba a tomar unos txikitos, a comprar vino, a merendar e incluso a celebrar banquetes. En el barrio hemos tenido varios ejemplos: el Arbolagaña era uno de ellos, pudiendo llevar la comida de casa o pedirla allí mismo. Algunos lo recuerdan con el nombre de la «pequeña cantina», pues de hecho no producía txakoli. El txakoli Montenegro era más un restaurante que otra cosa por su estilo de comedor y sus menús. Rondoko e Irabia eran «temporeros», hacían y vendían el txakoli en la temporada.

Por lo general los txakolis eran temporeros, se abrían sólo en temporada. Por octubre vendimiaban, recogían la uva y en el caserío hacían el txakoli que, una vez listo para su disfrute, lo ponían a la venta, con lo que el caserío hacía las veces de taberna mientras duraba el caldo. Según nos dice K-Toño Frade Villar, la temporada empezaba en primavera después de Semana Santa y la apertura de las barricas o el «espiche» se hacía por orden riguroso y los txakolineros se sabían de memoria el calendario y el recorrido de los caldos. El caserío se acondicionaba y se preparaba para recibir a los forasteros que, con su mejor traje, el de Domingo de Resurrección se acercaban buscando el «branque», rama verde de laurel que se colocaba en los postes o árboles junto al caserío y otro en el balcón de éste, que anunciaban que el txakoli estaba abierto.

El menú solía ser principalmente bacalao al pilpil, a la vizcaína,.. y también cazuelitas, huevos con…, etc. y txakoli o vino. En aquellos años, cada vino tenía su vaso. El txikito tinto era servido en los vasos anchos de «culo gordo», que a todos nos han llamado la atención y por los cuales entendemos esa frase de «hacer levantamiento de vidrio»; el blanco, en vasos estrechos, y el txakoli se servía en vasos acampanillados, lo que según nos cuenta K-Toño, tiene una explicación sencilla y curiosa.

C1.15 vasoAllá por finales del siglo XIX (en 1887) vino a Bilbao la Reina Regente Mª Cristina de Habsburgo-Lorena, por lo que se celebraron grandes fiestas, toros, gigantes y cabezudos, desfiles por la ría de botes engalanados y en la Plaza Nueva una fiesta veneciana, con góndolas y guirnaldas colocando un gran número de lamparilleros en cada columna de la plaza para iluminarla. Una vez terminada la fiesta los lamparilleros se recogieron y terminaron en un almacén, pero el Ayuntamiento no sabía que hacer con ellos. Algunos de los trabajadores del consistorio y dueños de txakolis, los cogieron para usarlos como vasos. De este modo se popularizó su uso, y el modelo continuó para los siguientes pedidos de vasos para beber txakoli.

En Ibarrekolanda hemos de destacar el txakoli de Rondoko por ser el único que tenía prensa de toda la zona. A él se acercaban casi todos los que querían hacer txakoli para casa y beber durante el año.

En Rondoko, antes de empezar la temporada y abrir el espiche, en la planta baja del caserío vaciaban el portalón y las habitaciones anejas y las preparaban con mesas y bancos y así disponían el merendero para los días que llovía, pero también tenían otras mesas preparadas fuera, a los lados de la entrada. En total pasaban por el caserío alrededor de 80 personas diarias. En la parte de atrás del portalón estaba la bodega con ocho «bocoyes» (toneles de gran capacidad); en los días de temporada se colocaba una persona en la bodega y se dedicaba exclusivamente a sacar jarras de txakoli a un pequeño mostrador desde donde se servían a las mesas, junto con las ensaladas, bacalao al pilpil (principalmente) y a la vizcaína, queso y pan.

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Fiesta familiar en el Txakoli Rondoko.

Algunos se acercaban sólo a merendar y lo típico eran las raciones de queso, y otros sólo a probar el txakoli. Según nos cuenta Mª Luisa, hija del caserío, «cobrábamos a 15 pesetas por jarra, un precio carísimo, pero eran 21 días de trabajo sin parar» y había que aprovechar la ocasión, que aprovechaban todos, pues algunos reservaban mesa desde el mes de octubre del año anterior para no perderse la temporada de caldos, que en el caserío Rondoko empezaba generalmente el Domingo de Ramos.

Cada cosecha suponía unos 5.000 litros de txakoli servido y bebido en jarras, pues ellos no usaban los vasos típicos. Si la cosecha era escasa, algún año compraron txakoli a otro caserío de la zona de Begoña, pero si era abundante, los caseríos cercanos como Susunse le vendían a Rondoko el txakoli que les sobraba en casa para darle salida.

El txakoli que se hacía era tinto y algo de blanco para casa, pero en los temporeros, al ser el txakoli un modo de ingresar dinero en el caserío, éste se ponía todo a la venta; y así nos lo cuentan los baserritarras; entonces el mejor tomate, puerro o producto era para la venta, quedándose en casa la fruta y hortaliza con golpes o de peor presencia.

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Txakoli Irabia.

Ibarrekolanda era una zona de esparcimiento. De hecho convivían caseríos con chalés, lo que daba a la zona una visión de espacios amplios, con varios txakolis y campas abiertas para el esparcimiento y para disfrutar; esto hacía de Ibarrekolanda un buen sitio para ir el domingo a pasar el día con la merienda y disfrutar de la naturaleza; la gente de las Siete Calles y del Campo Volantín venían en tranvía a disfrutar de los días de verano en las campas de Ibarrekolanda; dos eran las más destacadas: la Arboleda, en la parte alta de la campa de Helguera (hoy Conservatorio), que con un buen número de acacias aliviaba el calor del verano, y entre el caserío de Rondoko, el caserío de Aresti y Larrakotorre, una campita que además hacía las veces de campo de fútbol para la chavalería de los caseríos.

También nos cuentan que cazaban sordas, avefrías, malvices y hasta alguna liebre, aunque estaba prohibido por la cercanía de las viviendas; la Guardia Civil andaba tras ellos, pero no les importaba: era como un juego de chavales.

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Arbolagaña; comida familiar en el árbol.

Las fiestas eran las propias de Deusto: las de San José por un lado y las de San Pedro y San Pablo por otro. La fiesta de San José tenía una peculiaridad culinaria: el menú típico de los deustoarras era el cordero con ensalada y era tan arraigada la costumbre que cuando San José coincidía en Cuaresma el Obispado otorgaba dispensa o licencia especial para que los asistentes a la romería pudiesen romper su ayuno de Cuaresma. De hecho, gran cantidad de gente de Begoña, de Castrejana y de otros barrios de Bilbao no perdían la ocasión y se acercaban a las fiestas en plena Cuaresma.

La fiesta por la mañana era dedicada a la misa, los juegos, danzas, música y otros festejos; pero al mediodía tenían en Ibarrekolanda un punto de encuentro por ser zona de txakolis-merenderos: Arbolagaña, Rementeria o Montenegro, Pantxike (bar de la familia Jaio en la carretera de Enekuri)… en la que los romeros reponían fuerzas a base del cordero, la ensalada, y otras viandas, lo que suponía días de locura para los taberneros preparando y sirviendo a los clientes. Ya por la tarde eran los bailables lo más destacable.

El 29 de junio se celebra San Pedro y San Pablo, y en Deusto celebraban los dos santos: el primer fin de semana junto a la Iglesia en la plaza de San Pedro (patrono de la Anteiglesia) con partidos de pelota, bailes,… y el segundo fin de semana era la fiesta en La Ribera, con traineras, cucaña, gargantúa, y cómo no, bailes en la plazuela.

No debemos dejar de lado las fiestas de Berriz en honor a San Roque en el mes de mayo, con misa en la ermita, juegos y danzas, para disfrute de los del lugar y de los allegados.

La educación de los niños y niñas en las escuelas estaba cubierta por las escuelas públicas de Deusto; pero otros muchos chavales iban al colegio «Nuestra Señora del Rosario» de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, que así era conocido el colegio de La Salle. Tras la Guerra Civil se abrió el colegio de los Salesianos con miras a la educación profesional. En su inicio fue exclusivamente internado y, con alguna excepción, los alumnos eran todos de fuera. Y para las chicas, el colegio San José, desde 1938 en el chalet de la familia Otaola (Guiñaco mayor). Las Hermanas de la Sagrada Familia de Burdeos cuidaban a huérfanas de la guerra, pero también instruían a las vecinas, algunas de las cuales estaban en régimen de media pensión; pero éstas eran «más elegantes». Posteriormente ampliaron la oferta educativa con una casa de La Ribera, más conocida como la de «las 100 huerfanitas», hasta que se trasladaron al colegio nuevo construido en 1945 en el que actualmente se ubica el instituto.

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1950 Las primeras hermanas y
enfermos en Ibarrekolanda.

Cerca del nuevo colegio de San José, la Institución Benéfica del Sagrado Corazón de Jesús, que tras haber sido fundada en Bilbao el 31 de julio de 1947 por Rosario Vilallonga Lacave, a finales de 1948 logra abrir su primera casa en Ibarrekolanda, en el chalet de Gumersindo Bilbao. Su labor es acoger a toda clase de enfermos, incluidos los tuberculosos, tan temidos por el contagio en aquella época y quizás por eso, los chavales la llamábamos «la casa de los incurables». En ella recogieron a mujeres y hombres desahuciados y rechazados por el miedo al contagio, hasta que en 1967 por la falta de espacio se trasladaron a Santo Domingo, en el monte Avril.

La feligresía de Ibarrekolanda se desplazaba para sus obligaciones dominicales a San Pedro de Deusto. Posteriormente los de la zona de Etxezuri tenían más cerca el convento de los Padres Pasionistas (San Felicísimo). Después de la Guerra Civil, cuando las Hermanas de la Sagrada Familia se asentaron en Ibarrekolanda, los vecinos tuvieron una capilla en el barrio en donde poder rezar, y aunque era pequeña, ocasiones especiales, como Navidad y primeras comuniones se celebraban en ella. De hecho, las hermanas siempre han tenido una vocación de servicio hacia su barrio abriendo sus puertas a los vecinos, aunque la parroquia para todos y para todo era la de San Pedro hasta que en 1964 se creó la «aneja de Ibarrekolanda a San Pedro de Deusto».

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1958 Comuniones en el Colegio San José, atrás, el caserío Etxezuria y el monte Serantes.

La vida de los vecinos en general no era ni bucólica ni descansada. Era dura, sin comodidades y austera, como comentaba Daniel del caserío Etxezuria, «¿Quién pensaba en fotos?; ¡si la radio era el único entretenimiento que teníamos!», pero por otro lado, Begoña Barrenetxea, del caserío Iñaku Txikerra, comentaba que la vida era más tranquila, y todavía mantiene el recuerdo de que en las noches de verano salía a la puerta, frente al caserío, bajo la lámpara que alumbraba el camino, a charlar con los vecinos y al anochecer, sobre las diez y pico, un pájaro pequeñín «el ruiseñor» empezaba a cantar de tal manera que aquello era un espectáculo. La cadena SER le vino a grabar su canto y lo utilizó como sintonía para uno de sus programas. Este ruiseñor «Urretxindorra» se hizo muy popular en el barrio.

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Lintxi Giotia, José Basterretxea y Fernando Menchacaen el txakoli Rondoko

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